What Ronronia wants no son unos zapatos, o un bolso de Sonia Rykiel... sino un maquinarro con 12Gb de RAM y un Core i7 2700k

pero como de momento no lo puede tener, ella se divierte así:


viernes, 21 de diciembre de 2012

Diez razones para odiar la Navidad y una para amarla.

Yo antes odiaba la Navidad. La odiaba por muchos motivos que hoy en día han desaparecido. Los principales son estos 10 y, a estas alturas de diciembre, ya he oído quejarse de todos y cada uno de ellos a más de un conocido.

1.- Los atracones. 

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Comes hasta reventar y te echas tres kilos de más que tardarás un par de meses en quitarte de encima. De crío lo haces por gula inercial pero cuando maduras intentas evitarlo. No te dejan, ya sabéis cómo funciona el protocolo social de estas hartallas:

“Ay, pero si no has comido nada. ¿Es que no te gusta? ¿No está bueno? Venga, échate un poquito más, que un día es un día, no me hagas ese feo.”

En Navidad las cocineras se vuelven agresivo-pasivas, te exigen agradecimiento en forma de zampar descontrolado y cuando no se lo das intentan por todos los medios hacerte sentir ingrata y culpable. Sí, las cocineras. No es machismo por mi parte sino por la de todos los demás. Haced números.


 2. El machismo.


Lo que decía antes. Los hombres con la copa y a veces hasta con las cartas y las mujeres en la cocina fregando. Ese tipo de actitudes. Tener que levantarte para acercarles esto o aquello como si no tuvieran manos, que te envíen a la cocina a por algo que echan en falta como si no tuvieran pies. Me juego lo que queráis a que el porcentaje de casas en las que los tíos se pegan la currada en las reuniones familiares es aún pequeñísimo. Si hay jardín y no hace demasiado frío, algunos se dignan a manejar la parrilla. Si no, ni eso. La cosa está cambiando, sí, pero despacio y en casa de los abuelos ni un ápice.


3. Los familiares. 

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Hay familia y hay familiares. A la familia la quieres de verdad, independientemente de si te une a ella o no lazos de sangre. Quieres estar con ellos, te apetece verlos y si pasa mucho tiempo sin juntaros los echas de menos. El resto son familiares, compartas o no con ellos más material genético que con el resto. A algunos de esos familiares los evitas durante todo el año, procuras no coincidir. Con otros simplemente jamás quedas porque, aunque no te importaría, siempre encuentras algo mejor que hacer. No te divierten, no te resultan interesantes, no son especialmente buenísimas personas ni compartes con ellos aficiones o ideales.

Y de pronto te encuentras atrapado con esa gente en un recinto reducido y con la perspectiva de pasar un montón de horas juntos. Un solo plasta o un único borde en la familia, puede convertir la reunión en un suplicio pero, aunque no los haya, aquello habitualmente termina siendo un rollo y por algún motivo que no acierto a comprender tampoco es presentable marcharse temprano.


4. Las conversaciones. 

Oír por decimo cuarto año seguido la misma historia. Aguantar los exabruptos racistas, machistas y cristofachas sin discutir porque “Mujer, no te pongas así que son fiestas, déjales que digan lo que quieran, no montes un follón por tan poca cosa.” Tragártelo todo en aras de un espíritu navideño que los demás no demuestran cuando te vienen a tocar los cojones –pardon my french- en tu propia casa.


 5. El trabajo.

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Cocinar para veinte personas. Recoger y fregar todos esos platos, vasos, cubiertos, sartenes, cazuelas, cazos y fuentes. Dejar la casa limpia tras la invasión de los hunos. Una currada. Si además tienes que hacer todo eso mientras alguien se está tocando la tripa a dos manos, te dan ganas de emprenderte a tortas con el que se inventó la tradición de este tipo de reuniones.


6. El tener que regalar porque sí. 

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¿Cómo no le vas a comprar un regalo a tu padre o a tu madre? O a tu tía si vais a cenar a su casa. O a los niños. O a tu suegra. Desde principios de diciembre está todo carísimo y te estás resistiendo a salir porque te da pereza y este año el gasto te duele en el alma. La mitad de los regalos son para gente a la que no te apetece hacérselos mientras que para la otra mitad querrías que fueran perfectos, pero las prisas y las aglomeraciones te obligan a conformarte con algo para salir del paso. O lo que es peor, acabas comprando un regalo demasiado caro que en realidad no te puedes permitir. Para quedar bien. Porque lo esperan. Por no defraudar. Qué duro, defraudar, ¿verdad?


7. Recibir regalos. 

 ¿Otro esquijama... rosa? ¿Más zapatillas de andar por casa? No me lo puedo creer. Y éste lleva un osito. Mira, otra cartera de piel para hacerle compañía a las tres del cajón de abajo de la cómoda. ¿Y estos pendientes enormes? ¿No se darán cuenta de que no llevo accesorios? No, esto no, esto ya es lo último, me regalan dos libros y eligen “El Secreto” y la biografía de Letizia. En cuanto llegue a casa va todo al contenedor. Porque es así, ésta es la verdad, que el regalo inapropiado, el de “quedar bien” sin molestarse, no sólo no gusta sino que cabrea.


8. El folklore popular. 


¿Sabes eso de que un año, desesperao ya, preparas una compilación de Christmas carols así toda swing, del tipo de los que cantaban Dean Martin y Sinatra, y cuando la pones de música de fondo con toda tu ilusión llega tu tío fulanito y apaga “ese tostón” y te pone la zambomba, la pandereta o la botella de anís El Mono en la mano mientras emprende el “Ande, ande, andeeeeee, la marimorenaaaaa...”? Pues así todo.


9. La omnipresente televisión. 


Qué bien que nos reunimos todos para compartir y charlar y hablar ¿eh? Sí ¿no? ¿Y entonces por qué está continuamente la tele puesta con esos programas horteras que echa en estos días de paz y amor tan señalados? ¿Os importa si apago la tele? (Caras de horror y de “ande va esta marciana, quitar la tele, habrase visto cosa igual.”


10. La decoración. 


Los arbolitos de plástico. Las bolas chillonas. El espumillón. Los belenes de corcho ¡con musgo! (ggrrrrr) Las luces en las calles desde el puente de la Inmaculación. Los angelicos patudicos. Del caganet mejor ni hablo. Cuando las Navidades entran por la puerta el buen gusto sale por la ventana.


Así fue mi vida muchos años, que en vez de roscos de vino por estas fiestas lo que tragaba eran unas ruedacas de molino que no pasaban ni por la diagonal de la puerta de entrada. Odiaba las Navidades. Ahora las adoro. No me oiréis quejarme de nada porque en este momento de mi vida las Navidades son (casi) perfectas y atesoro cada una de ellas como si de un botín precioso se tratara.


La razón para amar la Navidad es que todo lo anterior no es obligatorio. El amor a los demás no conlleva la obligación de transigir con tradiciones que nos resultan antipáticas y convenciones que son contrarias a nuestro carácter. Hace ya más de una década le di un golpe de Estado a las Navidades y decidí irme de vacaciones del 22 de diciembre al 6 de enero. Precisamente. No os daré detalles sobre la que se montó, pero sí que contrarié a mucha gente y tuve que mantenerme firme ante las caras largas y las palabras no siempre amables. Si me interrogaron, contesté con sinceridad: “Odio estas fiestas. Me aburren, me enfadan y me ponen triste.” Parece mentira que, enfrentadas a una contestación así, aún haya personas que quieran forzarte a que te quedes y es contradictorio que te acusen de egoísmo cuando justamente ellos están queriendo obligarte a ser infeliz. Quizás lo tuyo no sea el amor que ellos desean pero, en ese caso, la deficiencia es mutua.

Y sin embargo, no son ésas personas las que hacen difícil mantener tu decisión, lo verdaderamente duro es mantenerla ante quienes sí te quieren y no hablan, pero notas que les has producido algo de tristeza y un poco de decepción. Pero sólo será ese año, ya lo veréis.

Ese año mucha gente se enfadó pero lo verdaderamente asombroso del asunto es que, después de tanta ofensa y tanto oprobio y de tanto desprecio como sintieron que les hacía, al año siguiente al encontrarnos me preguntaban sin rastro de ironía ni de maldad a qué lugar exótico me iría de vacaciones ese diciembre e incluso, en algunos casos, me manifestaban una cierta envidia sana por mis Navidades “alternativas.” Había alcanzado ese status maravilloso que defino como “las cosas de fulanita”, en el que quienes te rodean te dejan por imposible y empiezan a aceptarte como eres. No significa que no vayas a hacer nada por ellos pero sí que se han visto obligados a asumir que ya no te pueden mangonear ni marigobernar por tonterías. Saben que estarás para lo importante pero también que no tienes problema alguno en negarte a lo accesorio.

Ese segundo año también me fui y cuál fue mi sorpresa cuando llamo a mi madre y me dice: “Chica, este año, con la excusa de que trabajo ese día y no tengo tiempo de preparar nada, pasaremos la Nochebuena y la Navidad tu padre y yo solos, bien a gusto. Prepararemos de comer lo que nos apetezca, nos iremos a la cama cuando nos de la gana y no tendremos que aguantar a nadie.” Luego, por circunstancias, dejé de irme de viaje en estos días y volví a pasarlos en Zaragoza. Algunas veces estuvimos los tres solos y otras los vivimos acompañados por mis parejas de entonces, alguna amiga de mi madre o algún amigo mío que ese año se hubiera quedado colgado. Los familiares se mosquearon bastante pero al final acabaron copiándonos la decisión.

Ahora, como mi madre se ha quedado sola, yo paso las fechas señaladas en su casa. El montañés se adapta a los suyos y come o cena con ellos según “toque” ese año. A mí me gustaría mucho poder estar con ellos pero tengo que elegir y elijo disfrutar esos días de mi madre. Seguro que hay a quien le parece triste o soso nuestro apaño, pero para nosotros es ideal. Hacemos lo que nos da la gana, estamos con quien queremos, comemos lo que nos apetece y nos inventamos nuestras tradiciones sobre la marcha. Si encontramos el regalo ideal lo compramos y no nos preocupa que haya regalo para unos y no para otros porque lo cierto es que somos todos muy de regalar fuera de fecha. Ahora me encanta la Navidad porque los diez puntos del principio, entre todos, con el verdadero amor que supone el respetar la idiosincrasia de aquellos a los que amamos, nos los hemos pulido uno detrás de otro, irreversiblemente.

Las tradiciones que nos irritan, las tradiciones de lana basta que siempre pican, las tradiciones “piedrecita en el zapato”, las tradiciones “mosca cojonera que perturba el sueño”,... esas tradiciones están para cargárselas y reinventarnos otras nuevas que hagamos nuestras. Tendremos que vencer la primera resistencia de algunos, el enfado y la indignación de otros y la afrenta que resulta para todos el que alguien se atreva a decir “no” mientras el resto tragan. Pero el resultado puede ser espectacular. Es espectacular.

Nota final: No creo que haga falta decirlo porque pienso que del texto se desprende, pero lo pondré explícitamente para evitar que se moleste quien no tiene motivos para ello: si os gusta pegaros la currada para juntaros veinte en casa, si lo disfrutáis y lo hacéis con alegría y de buena gana, por supuesto seguid con ello, vosotros esa tradición no necesitáis revisarla porque en vuestro caso es perfecta. Pero si es así, entonces seguramente esperaréis esos días anticipándolos, con deseo e ilusión y no quejándoos amargamente de lo que os espera (salvo que sea como lo de hacer ejercicio, que te da pereza pero tienes la seguridad de que si lo haces te alegrarás). Yo en el post lo que reflejo son las quejas que oigo y las que en otros tiempos yo misma he expresado. Esas cosas que no nos gusta hacer y que hacemos porque “hay que”, porque “así son las cosas”, porque “no puedes no hacerlo”, como si fueran inevitables y no tuviéramos facultad de decisión sobre ellas ni la posibilidad de modificarlas. Somos más libres de lo que creemos y los que nos rodean, una vez pasada la primera sensación de “bofetón”, también son más comprensivos de lo que pensábamos. Si nos quieren, claro.

4 comentarios:

encarna mccoy dijo...

Te entiendo perfectamente y esos puntos, excepto lo de los adornos y la musiquita, se cumplen en mis navidades. Ojalá mi economía me permitiera escapar hasta el 8 de enero! Me molestan mis familiares y, si por mi fuera, no sabrían ni que sigo en este planeta...

orofino33 dijo...

Querida Ronronia: Feliz Navidad y mucho dinero (pasta), trabajo(curro) y amor(sexo) para el proximo año.

Ronronia Adramelek dijo...

encarna mccoy: reconozco que los adornos, en su magnífica horterez, si me pongo en modo navideño hasta me gustan.

orofino33, la suya es seguramente la mejor felicitación que me ha llegado este año. Le deseo lo mismo y, aparte, todo cuanto su corazón anhele. Un gran abrazo.

Anónimo dijo...

En cuanto a los familiares, puedo decir q he vivido toda mi vida prácticamente el otro extremo... y créeme que es bastante triste u.u

sentir el rechazo de la gente q parte de tu sangre, es doloroso, sobre todo en estas fechas...

y si no te gusta un regalo, siempre puedes cambiarlo.

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